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Suelos


“Capa superior de la corteza terrestre, situada entre el lecho rocoso y la superficie, compuesto por partículas minerales, materia orgánica, agua, aire y organismos vivos y que constituye la interfaz entre la tierra, el aire y el agua, lo que le confiere capacidad de desempeñar tanto funciones naturales como de uso”.


A pesar de que solo el 30% de la superficie terrestre está ocupada por masas continentales, los suelos son fundamentales para la salud medioambiental del planeta al cumplir diferentes funciones esenciales para el mantenimiento de la biosfera.

En porcentajes, en un suelo el 45% corresponde a la matriz sólida, compuesta principalmente por arena, arcilla y caliza, y en menor medida óxidos e hidróxidos de hierro y sales; un 5% es materia orgánica y el 50% restante corresponde prácticamente en partes iguales a agua y aire.

 Esquema suelos

    Funcionalidades del suelo


Los suelos desempeñan una función significativa en el medio ambiente y el clima, ya que son base de fijación y crecimiento de la flora, condicionan el desarrollo de hábitats y juegan un papel muy importante en la diversidad animal del planeta. A su vez, los suelos contienen millones de organismos que contribuyen en los ecosistemas a través de la descomposición de restos (inclusive tóxicos), la absorción de elementos atmosféricos, la oxigenación del mismo suelo o la regulación de los ciclos hidrológicos y del carbono.

Así, uno de los papeles más importantes que juega el suelo es su importancia en el suministro de agua. El suelo es el responsable de la distribución y almacenamiento de las precipitaciones pluviales y, por ende, clave en el abastecimiento hídrico tanto de los ecosistemas como de las demandas por los usos humanos, para consumo, regadía, uso industrial o actividades de recreo. Del mismo modo, desarrolla sinergias clave ante la escasez de agua y sequías, así como en el control de riesgos de inundación.

Por otro lado, los suelos ayudan a regular el clima absorbiendo CO2 de la atmósfera y almacenando grandes cantidades de carbono, lo que contribuye a la mitigación del cambio climático y la adaptación al mismo.

Los bosques y los suelos son grandes sumideros de gases de efecto invernadero que absorben el CO2 a través de la fotosíntesis y lo almacenan en forma de carbono transformándolo en materia orgánica. La biomasa forestal, la madera y, por supuesto, el suelo son grandes almacenes de carbono. De hecho, se estima que los suelos europeos albergan 70.000 millones de toneladas de carbono orgánico.

No obstante, si dichos sumideros emiten más carbono que el que absorben, pueden convertirse en una fuente de gases de efecto invernadero. Una pérdida de solamente el 0,1% de carbono acumulado en el suelo europeo a la atmósfera equivaldría a la emisión de 100 millones más de automóviles en el continente. Mientras los terrenos forestales y los pastizales captan hasta 100 millones de toneladas de carbono anuales; las tierras de cultivo liberan entre 10 y 40 millones de toneladas.

La degradación de los suelos puede hacer que parte del CO2 previamente absorbido y almacenado como carbono en los sumideros, sea enviado de nuevo a la atmósfera. A este problema medioambiental se suma, además, la lluvia ácida que altera la composición química del suelo, produce la pérdida de su capacidad neutralizante (acidificación) y mueve los metales pesados del suelo que impiden que la vegetación absorba correctamente el agua y los nutrientes necesarios. Además, estos metales pesados “movilizados” pueden llegar a fuentes de consumo, con el consiguiente impacto en la salud de las personas.


Ciclo del suelo